En la ladera que limita la playa de Santa Catalina, junto a la Urbanización El Manantial, se sitúa un grupo de chalets privilegiados por su posición y a la vez escasamente conocidos por su correcta integración en el paisaje del litoral. Su autor, el arquitecto sevillano Felipe Medina, intentó subrayar en su residencia particular de vacaciones el valor de la discreción.
La vinculación de Benjumea con la localidad de El Puerto, tras haberla escogido como lugar de segunda residencia, se fortaleció con el encargo de los primeros estudios para la construcción de un Puerto Deportivo en esta costa, en el actual
Puerto Sherry, si bien el proyecto, redactado a comienzos de los setenta y desechado posteriormente, distaba bastante en su concepción del que fue definitivamente redactado, a cargo de otro grupo de técnicos.
En la urbanización de Nuestra Señora del Mar, Felipe Medina comenzó su actuación sobre el escarpado borde que la playa presenta en aquella zona plantando múltiples árboles, pinos y eucaliptos sobre todo, para protegerse del viento de Levante y contribuir al "camuflaje" de las casas. Éstas se disponen de forma salpicada, bajando en la ladera, sin interferirse en sus vistas y sin tener una presencia relevante ni desde el acceso ni desde la playa. Sin embargo, su dominio del paisaje es absoluto. La integración entre las viviendas y el paisaje, por lo demás, se confiaba a la supresión de vallas o cerramientos de parcelas, siguiendo el modelo de urbanización americano que se ejemplificaba en la colonia militar de la vecina ciudad de Rota.
Quería una casa sin puertas visibles: para el arquitecto, la puerta era un mecanismo más de ostentación, al que no necesitaba recurrir obviamente, optando por la discreción como base generadora del proyecto. Por lo demás, las casas adoptan la estética del momento, con amplios voladizos hacia el Sur, donde se sitúa la Bahía, a la que se vuelcan sus vistas. Son de una rotunda simplicidad, de líneas sobrias y un correcto y medido uso de pocos materiales, relacionados con la tradición de la zona: piedra arenisca, muros encalados y azotea a la andaluza. Se trata por tanto de una reinterpretación de antiguas costumbres en clave moderna, huyendo de decoraciones artificiales.
Sobrepasado el umbral del muro de cerramiento exterior de arenisca, se accede a la vivienda a través de un espacio a modo de compás, elemento también extraído de la tradición clásica de la arquitectura, y, una vez dentro, la distribución es netamente funcional y flexible, como corresponde a una segunda residencia. La pieza principal la constituye el salón, abierto al paisaje mediante amplios cerramientos de vidrio que le permiten prolongarse hacia el mar en terrazas verdes, y se protegen de la solana por los voladizos de la cubierta y por cubriciones de brezo.
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